Frank Padrón
Volver a querer una isla sin cuernos
Oficio de Isla fue una de las obras que unánimemente recibió el premio Villanueva, otorgado por la crÃtica a las mejores puestas del año pasado.
La pieza, escrita por el cineasta Arturo Sotto, focaliza un suceso histórico poco divulgado: el viaje de más de mil maestros cubanos durante 1900 a la prestigiosa universidad bostoniana de Harvard, en momentos en que nuestro paÃs, bajo ocupación estadounidense, se disponÃa a iniciar vida independiente. Ello da pie a una reflexión, muy contemporánea y contextualizada sobre ese tema siempre en el tintero: las complejas y difÃciles relaciones entre Cuba y Estados Unidos.
El autor ha logrado combinar, con sentido del humor, especialmente de la ironÃa, las peripecias de una familia clase media cuya hija ha sido seleccionada para la «misión», con las coordenadas de la macrohistoria, todo mediante fluidez narrativa y fuerza dramatúrgica, lo cual permite reflexionar en torno al anexionismo, los sentimientos independentistas, los oportunismos polÃticos, las reminiscencias españolizantes, el paternalismo yanqui, el «determinismo geográfico» y tantos Ãtems vinculados con las dos naciones vecinas, que desde entonces subsisten con matices y singularidades epocales, correlacionando los dos grandes núcleos donde los mismos se han manifestado: la familia y el paÃs.

Personajes gráciles, bien diseñados, que pese a su armadura risible escapan del sainete y la caricatura, encauzan situaciones divertidas pero enjundiosas desde el punto de vista dramático, que la puesta dirigida por Osvaldo Doimeadiós ha sabido plasmar con gracia y solidez escénicas.
Aunque la pieza afortunadamente volverá en marzo dentro del evento Traspasos escénicos, del ISA, esta vez en la sala Tito Junto, del Brecht, el espacio original resultó el perfecto por las caracterÃsticas de la puesta, en un gran almacén de la Avenida del Puerto, donde el público pudo trasladarse y presenciar, antes de asentarse en el lunetario, dos puntos que constituyen pertinentes prólogo y epÃlogo mediante coreografÃas, performances y hasta una instalación que enriquecen y ensanchan el concepto del montaje, y donde junto a Doimeadiós han prestado sus talentos Gretel Montes de Oca, Guillermo RamÃrez y Patricia DÃaz, asà como el intertexto, eficazmente incorporado al corpus de la obra, que constituyen los fragmentos de una revista satÃrica de la época (¡Arriba con el himno!, de Ignacio Sarachaga).
Mérito indudable de Oficio de isla son las actuaciones, que en términos generales aprehenden y proyectan el espÃritu de este divertimento sustancioso, junto con la Banda de Música de Rancho Boyeros y las gaitas Eduardo Lorenzo, que sellan su esencia multiartÃstica.
Ubú sin cuernos, del laureado Abel González Melo (premio Casa de las Américas 2020 por su obra Bayamesa), conoció estreno mundial en La Habana bajo la puesta y dirección de Miguel Abreu con su compañÃa Ludi Teatro.
Una utopÃa a la vez distópica, si se permite el oxÃmoron, propone esta vez el dramaturgo cubano, que tiene del eterno viaje, los rejuegos y abusos de poder, reinados reales y soñados dentro de una parábola que contiene también universos posibles, (re)conquistas y la idea de patria que se inicia en el núcleo literalmente materno, aunque ello también signifique el de la tierra.
Todo lo anterior, González Melo lo explaya desde su habitual sabidurÃa no solo escénica sino también teatral, en el sentido más diacrónico, lo cual implica guiños, alusiones intertextuales y ese raro andar, cual arriesgado equilibrista, por una cuerda floja que transita de manera casi imperceptible por lo grave y lo ligero, lo cómico y lo serio, lo alusivo y lo directo, dentro de esta obra que obtuviera los premios José Jacinto Milanés y Dador.
En su lectura, Abreu, acostumbrado a montar textos complejos, polisémicos y llenos de enveses (Litoral, Bosques, La mujer de antes…), asistido esta vez por MarÃa Karla Romero y con producción de Rafael Vega, consigue trasladar a la escena la corrosividad y el filo de la escritura; desde los minutos iniciales se percibe el logro de la ambientación abigarrada y esperpéntica que sugiere la letra, para lo cual se apoya en el vestuario sugerente, expresivo de Celia Ledón, el maquillaje de Pavel Marrero y el diseño de escenografÃa, al tiempo que él asume las luces, las cuales detentan suficientes gradaciones y matices.
También, como es habitual en sus puestas, debe exaltarse el tan bien explotado espacio, con movimientos coreográficos (Yuli RodrÃguez es la responsable de este esencial rubro) y una rica banda sonora (Denis Peralta, sobre canciones concebidas por Llilena Barrientos muy a tono con el texto) algo, por suerte, recurrente, como son los notables desempeños: Ludi Teatro cuenta con un equipo competente, apto para personajes que exigen del actor desdoblamientos y proyecciones bien difÃciles, cambios de registro, esfuerzos histriónicos determinantes, y aunque se aprecia un nivel general, habrÃa que encomiar esta vez a Aimée Despaigne, Grisell de las Nieves, Cheryl ZaldÃvar, Yoelvis Lobaina y Francisco López Ruiz.
Alejandro Palomino y su grupo Vital Teatro han llevado a escena una obra de la dramaturga e investigadora Esther Suárez Durán: Vuélveme a querer, y el tÃtulo bolerÃstico es realmente algo más que un guiño. De nuevo tenemos la oportunidad de admirar, aplaudir y solidarizarnos con tres grandes mujeres de nuestra escena: Luz Marina Romaguera (Aire frÃo, de Virgilio), Lala Fundora (Contigo pan y cebolla, Quintero) y Camila (Santa Camila de La Habana Vieja, Brene).
La mixtura, el enlace, pasan por otro clásico, esta vez universal (Las tres hermanas, Chéjov) que desde una estructura dialógica, fuertemente intertextual, no solo trae a la actualidad los conflictos de esos personajes en sus momentos, sino que los enriquece, los universaliza, pues justamente es ese uno de los reclamos de la autora: exigir para nuestras (anti)heroÃnas un justo sitio que las extrapole del localismo, el exiguo puesto en la escena nacional, para ponerlas a competir a un nivel donde están sus congéneres chejovianas, de Shakespeare, Ibsen y compañÃa.
No siempre, valga anotar, estos difÃciles pastiches logran dar en el clavo; hace apenas un año tuve la oportunidad de ver, en Montevideo, un ejercicio intertextual semejante a propósito con uno de esos referentes: Éramos tres hermanas (Jugando con Chéjov), del célebre dramaturgo y teórico español José Sánchez Sinesterra (¡Ay Carmela!) bajo la dirección del uruguayo Ramiro Perdomo, pero el resultado quedaba un tanto por debajo de sus posibilidades dialógicas justamente dentro de esos lÃmites que pretendÃa focalizar y a la vez desmontar.
Suárez Durán, con la complicidad de Palomino, consigue que enlaces, pespuntes y transiciones se logren dentro de un escenario cuyos puntos de desplazamiento e intercambio actoral refuerzan la evocación, la resignificación y el diálogo.
Las actrices MayelÃn Barquinero (quizá deba restar un poco de fisicalidad y énfasis a su labor), Alina Molina y Yaisely Hernández vuelven no solo a querer, sino a conminarnos a hacerlo, en las pieles de esas singulares y entrañables damas del teatro y, por ello, de nuestras vidas.
Los Villanueva: la crÃtica escénica premia
Como ocurre cada año, cuando este se acerca al final, los miembros de la Sección de CrÃtica e Investigación Teatral de la Asociación de Artistas Escénicos de la Uneac nos reunimos para elegir, mediante votación, los mejores espectáculos cubanos y extranjeros vistos en nuestro paÃs durante los últimos 365 dÃas. [+]
La seriedad del humor criollo
Tomado de Juventud Rebelde
Se sabe que la hilaridad más efectiva es la que satiriza, sazona con pimienta, fustiga con el látigo de la ironÃa y el sarcasmo lo mal hecho y lo censurable
El humor es, pese a lo paradójico que suene la frase, algo muy serio. Entre nosotros forma parte, quizá mucho más que en otros pueblos, de la identidad nacional: el cubano rÃe de todo y en cualquier circunstancia; enfrenta conflictos y dificultades cotidianas e históricas con el arma de la risa, el chiste, aquel choteo del que habló Jorge Mañach, el cual nos define en lo cultural y en lo social. [+]